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Testimonio Construcciones 2018

Fin de semana en Santo Domingo


Por Armando Gré, Jefe de Cuadrilla 2018.





     Un fin de semana largo de octubre de 2018, en los campos de Santo Domingo en la V Región, conocimos con un grupo de voluntarios de Must a Camilo, un hombre muy alegre de poco más de cuarenta años.


     Al vernos por primera vez las caras y cruzar las primeras palabras de saludo, un poco nerviosos, estábamos en la casa de su hermana donde él vivía muy modestamente como allegado. Inmediatamente nos sorprendió su inmensa gentileza y humildad al recibirnos. Pese a que no nos conocíamos y veníamos de lugares muy diferentes, él rápidamente nos abrió las puertas de su corazón, que tenía mucho que decir.


     Camilo resultó ser un hombre de campo muy sencillo, pobre en lo material, que con esfuerzo y mucho trabajo había logrado adquirir un pequeño terreno en una quebrada cerca del lugar donde trabaja. Era todo lo que tenía y claro, faltaba una casa. También, Camilo nos presentó a Cristóbal, su único hijo que este año cumple 19, y que al igual que él, era una persona muy amable y simpática. Ambos tienen una muy linda relación. Pudimos ver rápidamente que Camilo adoraba a su hijo y que Cristóbal asimismo quería mucho y respetaba ejemplarmente a su papá.


     Avanzado el día, Camilo nos contó que en el pasado había tenido severos problemas de alcoholismo y que debido a eso su familia se había separado. Ya no tenía comunicación con la mamá de Cristóbal, y éste se había ido a vivir con ella. Además, se vio muchas veces impedido de poder trabajar, lo que significó que junto a un gasto enorme no pudiera generar suficiente dinero para mejorar la condición en que se encontraba y se empobreciera. Todo esto tuvo por consecuencia que Camilo viviera alejado de su hijo, sin poder aportarle económicamente, con muy pocas cosas para mantenerse, sin un lugar que fuera su hogar y con un inmenso problema muy difícil de resolver por delante. Por varios años se sintió solo, en depresión y sin contar con herramientas suficientes para salir adelante. La vida se había vuelto cuesta arriba, no siendo fácil revertir el escenario. Así es como había llegado a vivir a casa de su hermana.


     Cuando llegamos nosotros, Camilo había terminado hace poco tiempo un tratamiento para el control del alcoholismo que pudo iniciar gracias al apoyo que le dieron su jefa y hermana. Y aunque ese proceso aún continúa, ya se encontraba bastante mejor, muy feliz y motivado por la ayuda que veníamos a prestarle, que consistía en construir una mediagua en su terreno que le sirviera como un “empujoncito”, además de compartir con él, conocerlo y construir un lazo de amistad.


     Durante ese fin de semana, siempre que seguimos conversando lo vimos demasiado contento, alegre y entusiasmado. Nos decía a cada rato que nos agradecía con todo su corazón, porque le estábamos dando un regalo que necesitaba, con el que soñaba hace mucho tiempo y que le permitiría tener un lugar propio dentro de su terreno, vivir más cómodamente y con el tiempo mejorarlo y que su hijo Cristóbal volviera a vivir con él. Ese era su máximo sueño.

    Mientras construíamos la casa, Camilo siempre estuvo presente y muchos vecinos y amigos iban a visitarlo. Se notaba que era una persona muy querida en el vecindario. Entre todos se preocuparon demasiado en atendernos sin que pudiéramos negarnos a recibir. Nos prepararon almuerzo, panes para el té, nos dieron helados, agua, nos facilitaban herramientas y hasta nos hicieron un asado. En realidad, nos llamó muchísimo la atención, porque si bien nosotros éramos los que íbamos a regalar, finalmente nosotros salimos regalados.


     Cuando terminamos la casa el último día de ese fin de semana, hicimos un círculo con Camilo y con Cristóbal y les dijimos que este era un regalo nuestro para ellos. Que ojalá le sirviera como un trampolín en tiempos difíciles y le devolvieran la esperanza de poder salir adelante. Por su parte, Camilo muy conmovido nos volvió agradecer, en lágrimas, porque le estábamos dando una segunda oportunidad que todos se merecen, y nos contó todo lo que tenía pensado hacer en el futuro con su nueva casa, que le iba a permitir dar un salto enorme. Al final nos abrazamos todos y nos despedimos de él con la promesa de volvernos a ver prontamente.


     Meses después volvimos a verlo con algunos de los voluntarios y nos llevamos una muy grata sorpresa. Camilo ya se había trasladado a su nueva casa, había hecho una cocinilla y la había conectado al sistema eléctrico para tener luz y energía. Todavía quedaban muchas cosas por hacer, pero ya se empezaba a sentir un hogar en lo que habíamos construido con nuestras propias manos. Además, almorzamos con ellos y pudimos ver que Camilo estaba muy contento y optimista, y que en donde antes todo se veía negro, hoy se veía una luz fuerte de esperanza. Nos dimos cuenta que el objetivo de Must se estaba cumpliendo, y que habíamos logrado el cambio que queríamos hacer.



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