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Testimonio: Antonia Aguirre y su voluntariado en África

Siempre quise vivir la experiencia de ser voluntaria en otro país, en otro lugar del mundo, donde tuviesen otra cultura, otros recursos, una realidad totalmente distinta. Claramente MUST influyó totalmente, fueron quienes hicieron que “me picara este bichito” y comenzara a buscar y a querer vivir este tipo de experiencias; en otras palabras, que tuviese las ganas de hacer un viaje con sentido.

Era una de las cosas que realmente sentía que necesitaba hacer. Pero pasaba el tiempo y no pasaba nada… porque “era muy caro”, “muy peligroso”, “mis papás no me van a dejar”, “¿por qué tan lejos si en Chile también se necesita?”, entre otras. Hasta que un día con una amiga nos decidimos. Empezamos a buscar mil voluntariados distintos, en diferentes partes del mundo, hasta que un día en Instagram nos apareció una publicación de Asociación Índigo. Y fue con ella con quien hicimos el viaje.

Nos fuimos a Mfangano, una isla muy chica que queda en pleno Lago Victoria, en Kenia. Algo que los destaca es la pobreza: en la isla no hay medios sanitarios ni higiénicos, viven en casas muy chicas que ni siquiera cumplen con las condiciones básicas (baño, espacio donde dormir, duchas, agua potable, electricidad, etc.), la gran mayoría se ducha, toma y cocina con agua del lago, la que está totalmente contaminada. Viven con lo que tienen y ni piensan en las tantas cosas que les pueden hacer falta.

El orfanato al que llegamos a trabajar lo definiría como un lugar lleno de amor y de vida donde hay 105 niños, y cada uno sumó su granito de arena para que esta experiencia fuera tan especial. No sé cuál de ellos es más lindo y cariñoso que el otro. Son niños que buscan cariño y jugar todo el día, que a pesar de que te conocen tan solo hace dos días, te cuidan, te buscan y quieren compartir contigo todo lo que les pase. Viven pendientes del ahora, de lo que pasó hace cinco minutos y de lo que pasará en una hora; el resto no existe. Pasan el 80% del día con una sonrisa enorme en la cara, y un 20% tratando de que creas que están enojados o tristes solo para conseguir un “sweet”. También son niños fuertes, han vivido de todo y muchos lo han vivido solos. Antes de llegar al orfanato, su día se trataba de sobrevivir… como sea. A algunos los sobre explotaban, a otros no tenían para darles de comer, otros fueron violados, maltratados y expuestos a diferentes realidades por las que un niño no tiene por qué pasar.

Lo que más me sorprendió fue la alegría y la simpleza que transmiten. Les juro que incluso con el papel vacío del batido que se les daba a los niños desnutridos, eran los niños más felices del mundo: hacían hasta merito para ganársela y poder ser el que se comiera ese.


Las botellas y latas vacías se las peleaban, eran de los juguetes más solicitados. Para qué hablar del proyector con las películas de la noche, rogaban para que se los pasáramos. Pero como son más felices es con el “speaker” y su lista de música; pueden estar horas bailando, hasta que se les acaba la batería y hay que ponerlo a cargar.

Gracias a la asociación comen cinco veces al día y los desnutridos siete. Tienen remedios para cuando se enferman, ropa, materiales escolares, sala de clases, pieza para dormir, profesores, etc., y lo más importante, tienen personas que van mes a mes a darles infinito cariño, que es lo que más necesitan.

Nunca pensé que iba a querer tanto a estos niños en tan poco tiempo. Que hay personas tan chicas pero que tienen más fuerza que todos nosotros juntos. Que recién llegué y ya muero de ganas por volver.